viernes, 31 de agosto de 2012

"Confesiones de una devoradora de carne" de Marcela iacub

"Una continuidad semejante bajo el dolor y la dominación, ¿no prueba acaso que hay algo de imposible y malsano en nosotros que hace que cada vez que construimos sociedades, terminemos creando nuevas formas de injusticia?"

En mi búsqueda de encontrar algún libro sobre filosofía y pensamiento vegetariano encontré éste, la experiencia de una abogada y reconocida escritora, Marcela Iacub.

Ella se empezó a interesar a raíz de un asunto que tuvo que investigar como abogada, en el que un hombre había sido condenado por haber penetrado a un poni de su propiedad. Ya entonces consideraba un acto de hipocresía el hecho de reprocharle a su familia que matara a un pavo que tenían en casa y que habían estado cuidando durante un año para comérselo por navidad mientras ella se comía a todos los pavos del mundo sin reparar en ellos. Ella misma afirma: "Cuando vemos la carne en nuestro plato, no vemos la secuencia de imágenes que la hicieron posible. No vemos a la criatura viva, no vemos el cuchillo que la mata, no la escuchamos rogar por su vida, no vemos los chorros de sangre, no vemos la mano que la corta en pedazos. Sabemos que todo eso ocurrió, pero saber no es ver."


Los argumentos de la autora hacen referencia a que se matan a millones de animales para que podamos comer cuando podríamos vivir perfectamente sin comer carne. Y que este acto, el comer carne, no es visto como un asesinato sino como algo natural que debe ser respaldado por toda una sociedad. No se repara ni se piensa en lo que les hacen sufrir para matarles, en que gritan y aúllan y se aferran a la vida mientras están colgados patas arriba desangrándose de un corte fino en el cuello. Es mejor no pensar en ello y mirar hacia otro lado. O ser conformista y cómodo. O pensar que ser vegetariano son manías de gente rara.

Para la autora solo se trata de una afirmación de la superioridad del hombre sobre la naturaleza, la misma que se usa para las corridas de toros, con la diferencia de que la matanza, desde principios del siglo XIX, se encuentra resguardada de la mirada del público.

Según la autora no existe la diferencia entre un perro y un animal de matadero. Sus vidas deberían tener algún tipo de valor y no para estar al servicio del hombre.
Podemos vivir perfectamente sin comer carne, ya que también la carne ocasiona miles de problemas en el organismo. "Con los costos que demanda la producción para una sola persona, se podrían alimentar veinte", afirma. La carne, sobre todo en argentina, representa en forma elevada el consumismo, por la exaltación que se hace de ella a sabiendas de los efectos nefastos para el medioambiente de la cría de animales con fines alimenticios, que produce más gases invernadero que el que producen los coches, y sin embargo, te dan la barrila para que no vayas en coche a los sitios porque contamina el medio ambiente.

La autora argumenta que los que afirman que es una hipocresía que los humanos no comamos carne mientras los animales sí se matan entre sí, no reparan en que nosotros no comemos animales salvajes, sino animales que criamos, alimentamos y con quienes compartimos una especie de cultura. En cambio los leones matan comiendo y comen matando, es su instinto y su naturaleza. No reflexionan, no piensan, no tienen inteligencia ni racionalidad, que es lo que nos diferencia de ellos. Los leones no crían a las gacelas, no las hacen reproducirse ni las ven crecer.

Lo que me ha sorprendido de este libro, es una reflexión de la autora que ralla el absurdo: y es que, según ella, la primera idea que hay que deshacerse, "si se quiere dejar de tratar a un perro como si fuese un perro, es la de la fidelidad o el amor incondicional de estas criaturas hacia sus amos. Con estos alegatos, casi sin darnos cuenta, terminamos equiparando a los perros con las madres lo que genera una especie de odio hacia estos animales." (?¿) y que "lo que uno no se permite con su propia madre, porque las leyes y la moral lo prohíben, se lo infligimos al animal." (¿?) Afirmando, y ya terminando de meter la pata, "que antes de comprender que mi perra no sentía por mí ningún tipo de amor incondicional, llegué a olvidármela atada a sillas de cafés y restaurantes, y a darme cuenta de su ausencia recién después de haber llegado a casa. Cuando volvía sobre mis pasos (...) caminaba despacio porque estaba segura de que nadie iba a querer robar a una criatura..."
Es decir, que según la autora, no debemos pensar en la fidelidad que tiene hacia nosotros un animal, no vaya a ser que pensemos en nuestra madre y cuando estemos encabronados con ella maltratemos al perro. Por otro lado, decir que que solo podemos corresponder a un animal si sabemos que nos es fiel es una actitud egoísta y superficial donde las haya. Y  irnoslo dejando por los sitios o maltratándole símbolo de hijoputez humana.

Otro argumento de la autora es que su cliente fue condenado por penetrar a un poni de su propiedad, por el artículo 521-1, y que ese mismo artículo sin embargo autoriza tanto las corridas de toros al igual que los combates de gallos. Y más allá de esto, Francia promueve la fabricación de foie gras, que exige penetraciones en el cuerpo de los patos. "La técnica consiste en introducirles un tubo de unos 20 a 30 centímetros por la garganta hasta el estómago, con el fin de administrarles una gran cantidad de alimento que de otra manera no comerían. La operación dura entre 40 y 60 segundos con el cebado moderno con bomba neumática, que puede "penetrar" más de 350 patos por hora. El procedimiento se lleva a cabo dos veces por día. Equivale a que a un hombre de 70 kilos le envíen al estómago, a la fuerza y en solo algunos segundos, 14 kilos de pastas. Como consecuencia, los animales presentan heridas y dolores en la garganta, además de estrés, diarreas y jadeo. Hacia el final del cebado, la respiración y los desplazamientos se vuelven dificultosos, ya que los sacos pulmonares son comprimidos por un órgano que los aplasta. Con el fin de volver más efectivas estas penetraciones no sexuales, el 80 por ciento de los patos son completamente inmovilizados en jaulas individuales, de las que solo sobresale su cuello, bajo una oscuridad casi total."

viernes, 17 de agosto de 2012

"Leonor, la amante de Fantomas" de Eduardo Fioravanti


 Vuelve, casi un siglo después, la leyenda de Fantomas, el famoso ladrón de guante blanco que nunca utilizó armas y que inspiró a uno de los míticos personajes de ficción. Escrito por el nieto de la pareja, Eduardo Fioravanti.
Otro descendiente del comisario Fernández-Luna (conocido como el Sherlok Holmes de la época), y quien detuvo a Fantomas en Madrid en 1916, su sobrino nieto, el escritor José María Fernández-Luna, ha escrito otro libro que saldrá a final de año.
Ambos autores se acaban de encontrar a través de las redes sociales, ya que no se conocían, pero los dos recuperan desde puntos de vista diferentes la historia de Fantomas y Leonor, una pareja que se conoció en Buenos Aires, en 1914, cuando Eduardo Arcos, Eddy, alias Fantomas, era piloto acrobático y ella una chica que acaba de llegar con su familia huyendo de la miseria y las deudas de su Toscana natal.
Ambos decidieron escaparse, muy enamorados, como Bonnie y Clyde, sin que ella supiera que le esperaba un camino con un curso rápido y acelerado de "cómo desvalijar a millonarios".
Una pareja, con una mujer Leonor Fioravaanti, muy avanzada para su época, que trajo en jaque a la policía internacional, que tenía una habitación reservada todo el año en el hotel Empire de Nueva York, desde donde se movía y que robaba joyas en los hoteles de lujo y en cruceros, o que, entre otras muchas cosas, trabajaron para el espionaje británico en 1940 consiguiendo las listas de los nazis que operaban en España.
Así, "Leonor, la amante de Fantomas", es una especie de friso histórico de un episodio único, escrito por Eduardo Fioravanti, a quien su abuela siempre le quiso ocultar su pasado, como al resto de la familia, y que años después de su muerte, ocurrida en 1984 a los 93 años de edad, ha podido recuperar gracias a los documentos familiares, a los archivos de la Biblioteca Nacional, a los periódicos nacionales e internacionales y a numeroso testimonios.
Narrado en forma de ficción por la propia Leonor en primera persona, el libro recupera y reconstruye toda la historia de esta pareja y de esta mujer que en el mayo del 68 francés acudió a París desde el País Vasco en autostop para proteger a su nieto mayor, el autor del libro, donde estaba exiliado por la dictadura franquista, y todavía participó allí en mítines políticos.

Una historia que se completa con el libro que ha escrito José María Fernández-Luna, cuyo seudónimo es Patrick Ericson, autor también de "Maleficium", quien en el volumen, con título provisional "El festín de los dioses", y en clave de novela negra recupera también la figura del famoso y laureado comisario Fernández-Luna, que trabajaba como jefe de la brigada de investigación criminal en la antigua Dirección General de Seguridad (DGS).
Este policía, que utilizaba muchas técnicas insólitas y novedosas para resolver sus casos, detuvo al escurridizo ladrón, cuya foto con la de Leonor, estaba en muchos hoteles de lujo con las letras de "se busca", detuvo a Eddy en la calle Apodaca de Madrid, por una partida de cartas amañadas, aunque salió poco tiempo después, y a Leonor la dejó ir porque tenía a su niñito de un año.
Pero este policía sabía que se trataba del ladrón de guante blanco al que se le buscaba por medio mundo.
La pareja después siguió operando, aunque se separan en Nueva York, porque Fantomas le fue infiel a Leonor, con la bailarina Isadora Duncan, quien, según la propia Leonor dice, de quien se había enamorado la mítica bailarina había sido de ella.
En 1940 se vuelven a reunir en Madrid y es cuando empieza uno de los capítulos más interesantes, el de su colaboración con el espionaje británico. Y esta parte de la historia es la que va a tener más protagonismo en el guion de cine que está escribiendo el sobrino del autor del libro, el realizador Igor Fioravanti, quien va a llevar toda la leyenda a la gran pantalla.